15 de diciembre de 2010

De soledad y laberintos

El anciano caminaba lentamente. Cada paso era una batalla ganada con esfuerzo. El bastón le temblaba entre las manos, como si a sus pies la Tierra entera se sacudiera para tumbarlo.

-Familiares de Mª de los Ángeles García, acudan a la sala de UCI- repetía la megafonía en la sala de espera.

Un laberinto de pasillos y puertas, ascensores y escaleras, se reía de aquel hombre que contaba casi noventa años de vida con los dedos. Se mofaba de él a carcajadas, desesperándolo e hiriéndolo con dardos envenenados de impotencia.

-Familiares de Mª de los Ángeles García, acudan a la sala de UCI...

Las puertas del hospital se abrían y cerraban con el discurrir de las personas que vivían su propia historia; una corriente fría de aire se colaba entre sus piernas, sin que apenas la sintiera. El bastón le temblaba, pero ahí estaba él, apretando con fuerza los dedos, detenido ante carteles y flechas que le indicaban dónde estaba su hermana. ¿Por qué su padre no le habría mandado a la escuela de niño? ¡Ah, si supiera leer...!

-Familiares de Mª de los Ángeles García, acudan a la sala de UCI...

Sabía que estaba en manos del mundo. Había que pedir ayuda. Su hermana le esperaba.

Al momento, alguien respondió a su súplica. "Sígame", le dijo. Más que nunca el anciano apretó con fuerza su bastón y se adentró en el laberinto, avanzando sin saber adónde, dejándose llevar por la mujer desconocida que había prometido ayudarle. No estaba muy lejos, sólo debía subir una planta y girar a la derecha, al fondo del pasillo la UCI y su hermana aguardaban. La desconocida le señaló la puerta y se marchó con prisas a seguir viviendo su propia historia de hospital.

Media hora más tarde, el anciano seguía en el mismo sitio donde lo habían conducido, solo, dejándose los ojos en la puerta tras la que se libraban guerras y batallas. La desconocida pasó por casualidad y se sorprendió de encontrarlo todavía allí. Se acercó y le preguntó si aún no había entrado. Él negó con un movimiento de cabeza. Entonces, la mujer llamó con decisión a la puerta hasta que salió una ocupada enfermera, le informó de la situación e inmediatamente el hombre pudo entrar al encuentro de su luchadora hermana.

Pasado un tiempo, le vi salir con la serenidad en el rostro. Si aquella noche no había complicaciones, su hermana pasaría a planta al día siguiente. El médico le había llenado el ánimo de esperanza. De pronto, levantó la vista y vió a lo lejos en el pasillo a su guía desconocida que cruzaba: "¡Señora!", la llamó a voces mientras arrancaba sus pies del suelo para ir a su encuentro. La mujer miró desde lejos. "¡Muchas gracias, señora! Lo que usted ha hecho por mí...", y no pudo decir más porque las lágrimas ahogaban la voz en su garganta. Vi llorar al anciano como un bebé sin consuelo. La mujer siguió con prisa su camino con un "no hay de qué", sin darse cuenta realmente del valor de su acción. Él siguió llorando en soledad, parado en medio de todos nosotros. Alguien a mi lado murmuró: "Pobre, malas noticias...". Pero yo sabía que no era así. Esas lágrimas no eran fruto de un parte negativo.

Recordé cuántas veces pierdo la paciencia con los mayores, cuántas pienso que no entienden mis cosas y que para qué contárselas, cuántas desespero ante sus olvidos y sus insistencias,... ¡Qué fácil nos resulta empatizar con los niños! Sus problemas y sentimientos nos conmueven a primera vista. Todos podemos rápidamente solidarizarnos con los pequeños, sencillamente porque todos hemos sido niños alguna vez. Sin embargo, nadie es viejo hasta que lo es, hasta que ya no hay remedio. Pero hasta entonces, ¿quién se pone en su lugar?, ¿quién sabe lo que duelen sus dolores y lo que cansa su cansancio? Sólo espero que si algún día el mundo en el que vivo se me vuelve ajeno, si mi reloj atrasa las horas que los demás adelantan y la vida me expone mensajes ininteligibles, cuente con alguien que me acompañe y me guíe cuando el camino se convierta en laberinto.

El anciano sacó un pañuelo enmarañado en arrugas del bolsillo, se secó los ojos y volvió a guardarlo. Respiró hondo y emprendió el regreso a casa. A sus lentos pasos los guiaban un tembloroso bastón.