12 de noviembre de 2011

In taberna quando sumus

No hace falta más que un vistazo a este blog para adivinar que su dueña es amante del jugo de la vid y sus templos. Ya desde niña tenía claro cuál sería mi deseo si un día se presentaba un genio mágico: convertirme por un momento en hombre y entrar como tal en una taberna.

Llámenme machista (que no lo soy), pero me gusta que siga habiendo tabernas donde no puedo entrar sin sentirme intrusa. Quedan pocas en el mundo, pero todavía las hay (aunque algunas apuntan al epitafio). Y, cuando me topo con ellas, disfruto con la sensación de mirar desde fuera, de no poder cruzar el umbral de la puerta por no perturbar ese trozo de universo paralelo reservado a los hombres. Me conformo con esa bofetada de olor a vino derramado y los retales de conversaciones acaloradas y voces roncas que llegan hasta la calle. Me vale con imaginar lo que se cuece dentro y pensar que lleva cociéndose así, con el mismo sabor, durante siglos.

Dios salve al Rinconcillo, a Morales, a Mateo... y al resto de templos donde me siento como en casa. No se me malinterprete. Agradezco la libertad, la igualdad y, sobre todo, la oportunidad de poder saborear los mismos tragos que un hombre de manera natural. Pero, aparte de eso, reivindico la supervivencia de ciertos refugios, aún sin "contaminación". Quizás porque me recuerdan a mi infancia, cuando le llevaba un recado a mi padre a la tasca de turno y me quedaba en la acera, sin pisar siquiera el sardiné, haciéndole gestos para que saliera mientras, desde fuera, observaba ese cosmos sucio y ruidoso que me atraía poderosamente.

Hombres del mundo, proteged vuestros refugios. No dejéis que entremos sin ser mal vistas. Uníos, bebed, disfrutad. Olvidaos del mundo que gira afuera, de las mujeres que os atormentan, de las que os aman, de las que os manejan,... Servíos otra copa y seguid riendo, vaciad vuestros bolsillos mientras se van vuestros pesares. Sed hombres.

Mujeres del universo, levantemos nuestros propios baluartes y prohibámosles la entrada. Bebamos sin ellos, ríamos, quejémonos de los hombres que amamos, de los que os engañan, de los que no os entienden, de los que creen cuidaros... Purguemos nuestras culpas y desgracias juntas. Seamos mujeres.

¡Larga vida a las tabernas! Miren si no, estos versos que se remontan al siglo XIII.  Está claro que hay cosas que el tiempo no cambia... algunas afortunadamente.



Poema perteneciente al manuscrito Carmina Burana, musicado por Carl Orff.
In taberna quando sumus,
non curamus quid sit humus,
sed ad ludum properamus,
cui semper insudamus.
Quid agatur in taberna
ubi nummus est pincerna,
hoc est opus ut queratur,
si quid loquar, audiatur.

Quidam ludunt, quidam bibunt,
quidam indiscrete vivunt.
Sed in ludo qui morantur,
ex his quidam denudantur
quidam ibi vestiuntur,
quidam saccis induuntur.
Ibi nullus timet mortem
sed pro Baccho mittunt sortem.

Primo pro nummata vini,
ex hac bibunt libertini;
semel bibunt pro captivis,
post hec bibunt ter pro vivis,
quater pro Christianis cunctis
quinquies pro fidelibus defunctis,
sexies pro sororibus vanis,
septies pro militibus silvanis.

Octies pro fratribus perversis,
nonies pro monachis dispersis,
decies pro navigantibus
undecies pro discordantibus,
duodecies pro penitentibus,
tredecies pro iter agentibus.
Tam pro papa quam pro rege
bibunt omnes sine lege.

Bibit hera, bibit herus,
bibit miles, bibit clerus,
bibit ille, bibit illa,
bibit servus cum ancilla,
bibit velox, bibit piger,
bibit albus, bibit niger,
bibit constans, bibit vagus,
bibit rudis, bibit magus.

Bibit pauper et egrotus,
bibit exul et ignotus,
bibit puer, bibit canus,
bibit presul et decanus,
bibit soror, bibit frater,
bibit anus, bibit mater,
bibit ista, bibit ille,
bibunt centum, bibunt mille.

Parum sexcente nummate
durant, cum immoderate
bibunt omnes sine meta.
Quamvis bibant mente leta,
sic nos rodunt omnes gentes
et sic erimus egentes.
Qui nos rodunt confundantur
et cum iustis non scribantur.
Cuando estamos en la taberna
nos despreocupamos del mundo,
nos entregamos al juego
y por él siempre sudamos.
La cuestión es ésta: quien se pregunte
qué se hace en la taberna,
donde el dinero va y viene,
escuche lo que digo.

Unos juegan, otros beben,
otros de forma indiscreta viven.
Pero de los que se dedican a jugar
unos allí pierden su ropa,
otros consiguen vestirse,
otros se visten con saco.
Nadie allí teme a la muerte
y por Baco tientan la suerte.

Monedas para la primera copa de vino,
de ella bebe el libertino,
beben la segunda por los cautivos,
después de estas la tercera por los vivos,
la cuarta por todos los cristianos,
la quinta por los fieles difuntos,
la sexta por las monjas casquivanas,
la séptima por los soldados silvanos,

la octava por los frailes perversos,
la novena por los monjes dispersos,
la décima por los navegantes,
la undécima por los discordantes,
La duodécima por los penitentes,
la decimotercera por los los caminantes.
Tanto por el papa como por el rey
beben ya todos sin ley.

Beben la dueña y el dueño,
bebe el soldado, bebe el religioso,
bebe el hombre, bebe la mujer,
bebe el siervo con la criada,
bebe el rápido y el lento,
bebe el blanco, bebe el negro
bebe el constante, bebe el vago,
bebe el campesino, bebe el mago.

Bebe el pobre y el doliente,
bebe el desterrado y el ignorado,
bebe el joven, bebe el viejo,
beben el prelado y el decano.
Bebe la hermana, bebe el hermano,
bebe la vieja, bebe la madre,
bebe ella, bebe él,
beben ciento, beben mil.

Poco duran seiscientas monedas
cuando se bebe sin moderación.
Beben todos sin final, aunque
beban con mente alegre.
Así nos fastidian todas las gentes
y así seremos pobres.
Que los que nos fastidian se vean
Confundidos y no sean tenidos por justos.

18 de octubre de 2011

El "Negado"

"Negado". Esa fue la etiqueta con la que me lo presentaron. A simple vista era un niño más, un adolescente como cualquier otro. Parecía cansado, aburrido de todo, con prisa por que lo dejaras en paz. Resoplaba a menudo y no mantenía la espalda pegada al respaldo de la silla ni un solo segundo. Su tutor me avisó antes de entrar en clase: Fulanito vale, a Menganito le cuesta,... y por Zetanito no sufras: es un "negado". La etiqueta se me clavó entre las sienes. Cerré inmediatamente mis oídos y no escuché ni una palabra más, ni un prejuicio más sobre las personas que iban a ser mis alumnos durante los próximos días. Puede que entonces yo fuera una simple novata, aprendiz de maestra, pero nunca, jamás, me gustaron las etiquetas.

Recuerdo la primera vez que entré en el aula y vi sus caras, mirándome. Me presenté, pasé lista y, mientras uno por uno fueron declarándose "presentes", intenté borrar de mi mente todo lo que me habían dicho de cada uno de ellos.

Nunca olvidaré aquella primera clase, mi primer reto docente: explicar las Vanguardias literarias a un grupo de doceañeros. Intenté aplicar todas las técnicas que había aprendido en la teoría: cambiar el tono de voz, moverme por el aula, interpelarles, sorprenderles, captar su atención, contagiar mi entusiasmo... Las cosas salieron más o menos bien. Acabó la exposición y llegó el turno de las actividades.
- En los próximos diez minutos, individualmente, tenéis que hacer un caligrama -anuncié.

Las reacciones fueron prontas:
- ¡Qué difícil! No sabemos, maestra...
- Pero ¿cómo lo vamos a hacer?
- ¡Ala, que nosotros no somos poetas, seño!

Se me echaron encima con quejas y dificultades.

- Vamos, vamos, que no es para tanto -intenté calmarlos.- No os pido que seáis Apollinaire. Sólo que juguéis  a serlo, intentadlo al menos. Una frase, un pensamiento, no tiene ni que rimar siquiera, escrita con una forma que os sugiera algo. No es tan difícil como creéis. Seguro que algo interesante saldrá. Eso sí: no quiero facilidades para salir del paso. Sed originales. No quiero ver corazones, soles, ni estrellas, ¿eh?

Siguieron farfullando aún algunas quejas mientras se ponían a ello, pero pasados unos minutos tenía treinta cabecitas inclinadas sobre el cuaderno, bolígrafos creando y alguno que otro siendo mordisqueado mientras las ideas fluían.

Había dado diez minutos para hacerlo. A ellos siempre les parecía poco tiempo. No habían pasado apenas cinco y Zetanito el "Negado" levantó la mano para que acudiera a su mesa. Había terminado su caligrama. Tomé su cuaderno y mentalmente leí algo parecido a: "Me gusta su color amarillo, sabroso y dorado como un trozo de sol".  Las palabras se disponían en renglones que formaban un dibujo similar al siguiente:

Mi primer impulso fue enfadarme. Había dejado muy claro que quería que fueran originales: nada de corazones, soles, estrellas... y, por supuesto, nada de lunas. Le había sobrado la mitad del tiempo. Sus compañeros aun seguían esforzándose por crear y él pasaba de todo, hacía lo fácil para salir del paso, para acabar ya, para que la seño lo dejara en paz pronto. Estaba tan molesta con aquel niño que pisoteaba mis esfuerzos docentes...
-¡Pero bueno! ¿Qué es esto? -le increpé en voz alta. -He dicho muy clarito que fueráis O-R-I-G-I-N-A-L-E-S. ¿Dónde está aquí lo novedoso? ¡Zetanito, es que no lo intentas siquiera! ¿No has oído? Ni corazones, ni soles, ni estrellas... ¿Qué tiene de sorprendente una luna?

Nunca olvidaré su cara de enfado, sus ojos irritados fijos en mí, su ceño fruncido y sus labios apretados violentamente antes de responderme:
- ¡Seño, que no es una luna! ¡Es un plátano!

Me quedé de piedra, lo confieso. Totalmente desarmada ante mi pequeño artista incomprendido. Volví a tomarle el cuaderno y leí de nuevo: "Me gusta su color amarillo, sabroso y dorado como un trozo de sol".  

Le pedí disculpas por mi torpeza. Lo felicité y alabé su obra ante el resto de sus compañeros, pero su rostro seguía contrariado. Al final de la clase, colgamos los caligramas más interesantes por las paredes del aula; por supuesto, coloqué el plátano en un lugar destacado, pero ya no podía hacer nada que resarciera a un mini-Apollinaire ofuscado. Se quedó ahí el resto del curso, a la vista de todos. En alguna ocasión, lo sorprendí  desde el pupitre observando su obra con orgullo.

Al fin y al cabo, el "Negado" resultó ser uno de esos principitos que van por el mundo viendo boas que han engullido elefantes donde el resto de los mortales sólo vemos sombreros.

6 de octubre de 2011

Blanco y negro VIP

Siempre la preferí así: en blanco y negro, sin guante, sin público, sin coraza... 

22 de septiembre de 2011

Cosas que se olvidan... o no

Hay cosas que se olvidan... o no. Cosas que se duermen en resquicios ocultos de nuestra memoria, tan oscuros que parecen no existir, pero que por azares inconexos un buen día te sorprenden con su recuerdo.

Llevo varios días pensando en mi infancia. Concretamente, desde el pasado lunes. Una entrevista de trabajo con demasiadas preguntas sobre mi pasado más remoto me ha encendido el motor de búsqueda de imágenes perdidas.

Así, navegando en retroceso he llegado hasta un hecho antes cotidiano, que ya apenas recordaba: mi padre y los cuentos.

Había olvidado -me parece mentira- el ritual compartido cada noche:
Después de un largo día, mi padre se iba a la cama mientras mi madre terminaba de recoger los despojos de la cena. Yo, polizonte descarada, lo seguía y de un salto subía a la cama para pedirle un cuento. Él accedía sin resistencia al capricho de la niña de sus ojos y empezaba:
-Érase una vez dos hermanos...
-¡Nooooo! -interrumpía yo.- Ése no. Otro, que ése ya me lo sé.
Entonces preguntaba el buen hombre:
-¿Cuál quieres? ¿"Mariquita y Periquito" o "Zurroncito"? Yo no me sé más que esos dos...
Y yo contestaba cada noche:
-Es igual, ninguno de esos. Mejor, te cuento yo uno.

Y así, noche tras noche, inventaba un cuento nuevo para mi padre. Tumbada mirando al techo, relataba la improvisada historia. La enredaba y enredaba hasta acabarla de la forma más sorprendente, sintiéndome orgullosa de mi relato al llegar el fin. Pero cuando el "colorín colorado" salía de mi boca, volvía la vista hacia mi padre y estallaba el enfado: Otra vez se había quedado dormido, siempre se perdía el final de mis historias... Un segundo más tarde de la indignación, le perdonaba. Entonces, como una madre, le daba un beso en la frente, lo arropaba bien y bajaba de la cama con sumo cuidado para no despertarlo. Así, cada noche.

Me parece increíble que hubiera olvidado por completo esa rutina. No sé en qué momento, qué noche, dejé de seguir a mi padre para dormirlo con cuentos. Quizás alguna vez le pida que me cuente uno él a mí: "Mariquita y Periquito" o "Zurroncito", me es igual. Cualquiera de los dos me sonarán a gloria.

3 de septiembre de 2011

La pregunta


-"¿Qué camino debo tomar?"-dijo tristemente Alicia.
-"No lo sé, ¿hacia dónde quieres ir?"-dijo el gato mientras desaparecía y dejaba sólo su sonrisa.
-"Eso no importa"-comenzó a sollozar Alicia.
-"Entonces... tampoco importa el camino que tomes"- dijo el gato y desapareció...


Alicia en el País de las Maravillas (1865), de Lewis Carroll

12 de julio de 2011

Un año más

La Rubita de la Plaza hoy cumple años. Llega a esa edad en la que empieza a echar de menos a gente que nunca se planteó que le faltaría a su lado; en la que comprende la verdad de muchas de las cosas que le advertía su madre con tanta insistencia desde niña y que entonces, por supuesto, no tenía en cuenta; la edad en la que los sueños se debilitan por la necesidad de pagar facturas.

A la Rubita de la Plaza los cumpleaños la ponen rara. No se puede llamar tristeza lo que siente: un amante de la vida como ella nunca se permitiría sentir pena por vivir otro año, aunque solo sea por el recuerdo de los que no pueden hacerlo. Es una sensación que nunca sabe describir, pero se repite siempre. Es quizás la certeza de saber que el tiempo no se detiene, que la vida no era como creía, que las personas son imperfectas sin remedio como ella misma, que mientras crece también papá y mamá envejecen, que al fin y al cabo era verdad eso que un día anotó en su diario: "madurar es aprender a perder".

Querida niña que estás en mí, no tengas miedo. La vida es un milagro en equilibrio, más débil del que podemos pensar, pero el amor y la esperanza siempre harán, pase lo que pase, que merezca la pena.


26 de junio de 2011

El arte de la Feria

Una de las cosas mías a la que tengo pendiente desde hace tiempo dedicarle unas palabras es a mi barrio de la Feria. En estas calles, donde el niño Belmonte aprendió a mirar al mundo con valentía, llevo ensayando yo mis lances cada día, desde hace cuatro años. Elisa la del Quiosco, Miguel el de la prensa, Alfonso el panadero, el amable herbolistero anónimo, los sonrientes amigos del Gato Azul (que tanto cuidan mi dieta sin lactosa), mis impresores urgentes del Taller, la bibliotecaria, el zapatero, la señora de Cajasol, Mario el tendero de los desavíos, María la de los gatos,... hasta los chinos son parte de mi vecindario sentimental de confianza.

Mi calle Feria sigue siendo -como dijera Chaves Nogales- una síntesis perfecta del Universo. Desde la primera vez que la paseé, una calurosa tarde de julio mientras buscaba alojamiento, me planteé qué curioso habría de ser vivir aquí, pues desde su trazo la calle parecía querer revelarme un mensaje estratégicamente escrito: que, aun empezando con Amargura, la Esperanza nos espera siempre tras un Rosario de vivencias. No se puede vivir mal aquí, pensé. Y no me equivocaba.

Algún día le dedicaré esa entrada que le debo al barrio donde viven, probablemente, las Vírgenes más guapas de Sevilla. Cómo no voy a ser dichosa en la Plaza de los Carros, si la mejor cerveza de la ciudad, la de Vizcaíno, y uno de los mejores tintos, el de Bodega Mateo, están siempre a mano para aliviarme los pesares. Queda pendiente el homenaje. Se lo he prometido muchas veces a cierto amigo que siempre me espera sentado tras su ventana. Hasta entonces, vaya un ole por mis placeros artistas:

12 de junio de 2011

La boda de mi mejor amiga

Sevilla tiene una cosa que solo tiene Sevilla. Ni ella ni yo lo olvidaremos nunca. Nadie más podrá saber y entender lo inenarrable. Esta ciudad, que conoce ya mis primeras canas prematuras, acogió dos niñas hambrientas de un futuro prometedor, las hizo hermanas adoptivas y las convirtió en las mujeres que habrían de ser el resto de sus vidas.

Querida amiga, solo tú y yo sabemos lo que fue esa etapa. Para nosotras quedarán siempre los momentos de sevillanía, los conciertos improvisados, las sesiones nocturnas de batita y brasero, los martes de pescaíto cofrade, el código alfa, las peregrinaciones macarenas, los jueves de cabeza alta y buenas noches, las bermuditas de San Anthony,... Nos daba igual cantar en Sierpes que en la Plaza Nueva, estaba lloviendo en Sevilla y pocas veces solía ocurrir, ninguna de las dos lo esperaba pero pronto aprendimos que aquí estas cosas suceden así. Lo mismo llevábamos un simpecao de color verde, de color verde, que tri tri tri trianeábamos. Por eso, será siempre inevitable que cuando vuelvas a Sevilla en primavera, regresemos a los veinte años recorriendo sus callejas, al olor de los naranjos y a tantas y tantas cosas que no se pueden contar.

Pasaron los años. Tú volviste a Morón y yo me quedé aquí, pero lo vivido no hay quien lo borre. Ahora, estás a punto de empezar otra etapa nueva. Quizás la más importante, en la que formarás tu propia familia y construirás los cimientos de otras vidas que están por venir. Algún día en un futuro, Dios mediante, nos veremos hablando de que tu hija mayor viene a vivir a Sevilla para estudiar su carrera... y ese día, no hará falta ni comentarlo, tú y yo la envidiaremos, y de corazón le desearemos que tenga la misma suerte que tuvimos nosotras, que encuentre a alguien con quien compartir las ilusiones de su juventud y todo lo bueno que nuestra Hispalis ofrece a quien sabe quererla.

La Giralda me ha pedido que te mande este mensaje: que te desee de su parte la mayor felicidad que sea capaz de albergar tu cuerpo, que la nueva etapa que comienzas te dé ese brillo en los ojos que veía en ti cuando empezabas tu noviazgo con Juanito, que no dejes de escaparte para verla furtivamente alguna vez, que le hables siempre que quieras (incluso desde Morón ella te escucha, ¿sabes?) y, por último, insistió mucho en que no la olvides nunca. Ya le he dicho yo que eso no ocurrirá, que en tu casa le has dedicado un espacio privilegiado y que lo de la otra noche no fue una despedida ni mucho menos. Se lo he dicho y se ha quedado más conforme, pero no veas el apuro que tenía.

Por mi parte, amiga, te deseo que seas muy feliz. Estoy segura de que vas a serlo. Nos vemos en menos de una semana. Nadie más se dará cuenta, pero tú y yo sabremos que a esa misma hora, al unísono de las campanas de los Salesianos de Morón, la Giralda estará repicando en Sevilla especialmente para ti, para celebrar con gozo la boda de mi mejor amiga.

15 de mayo de 2011

Sin indiré

Sin saber por qué, llevo toda la mañana con esta coplilla en los labios:
Cuando al mundo mi persona se asomó,
en Jerez de la Frontera donde nací,
me encontré con estas manos pa hacer palmas,
esta cara y dos pinreles pa bailar el garrotín.
Mu poquito, mu poquito,
una cosa que no es ná,
pero muchas la quisieran,
que tiren pa donde quieran
que Dios no se las da.
(...)
Cuando a mí me bautizaron sucedió
lo que nunca volverá ya a suceder
que la agüita andaba escasa por entonces
y la pila la llenaron con vinito de Jerez.

Quizás sea por mi reciente estancia en la ciudad de los tabancos, pensé. Tal vez, el regusto de Tío Pepe me domina el subconsciente...

Al fin, he caído en la cuenta: mañana se cumplen 16 años sin ella. Era mi cabecita la que me mandaba la "indiré":




Torbellino de colores que no había que perderse. Faraona de la vida que se comió cuan tigre. Así era Lola.

28 de abril de 2011

Los desterrados

Sevilla ya ha cambiado de tercio. Adiós capirotes e incienso. Llegan volantes y lunares mientras sigo convaleciente de la que iba a ser, un año más, la Semana Grande.

Ya duele el azahar en la memoria.
Cómo lastima
la luz aquella.

Ahora,
un incensario de plata - péndulo de plata
del reloj de mi tiempo- estará dando
mi pena en un punto en aquel sitio.

Duele el incienso, duéleme en el alma
la lenta cera ardida, oigo el ruido
de los pies que sisean bajo el paso
en el silencio de la madrugada,
como llamando, ¿a quién?, como llamándome.

Regresando estará la luz ahora
a la ciudad que es suya, a su costumbre
de ser azul y cielo y siempre mía,
y avanza a paso largo la memoria
de regreso a su casa.

Es cruel el destierro. Cae de bruces
sobre la dolorosa dicha aquella.

Intentar levantarlo
es más cruel aún. Quiere estar solo,
entre dos luces, por aquella calle.

Donde nací una vez moriré siempre.

Releyendo la "Madrugada del destierro" de Rafael Montesinos, he sentido como nunca el significado de sus palabras; porque esta vez todos hemos sido desterrados, a fuerza de lluvia, de esa Gloria que habíamos esperado habitar por unos días. La tierra prometida se presentaba estéril a los hijos de Hispalis que, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, no reconocían la ciudad de sus recuerdos. Era el día esperado, la hora marcada, el lugar indicado, y nada era lo que debía ser. ¿Dónde estaba el incienso, la cera, el cortejo, la bulla, el silencio, la música, sus ojos, sus manos? Pasaba un día, otro y otro... y sólo la lluvia acudía a la cita. Sufríamos el dolor del exilio en una patria que se parecía pero estaba muy lejos de ser la nuestra. Ahora sé cómo duele el azahar en la memoria...

11 de abril de 2011

Luz de guía

Ya están las calles puestas. El asfalto yerto lleva días presintiendo el inminente ardor de la cera con el que tantas madrugadas ha soñado. Un aroma familiar se adormece sobre la ciudad como presagio de los prodigios que, habiendo acontecido ya, están a punto de recomenzar. En la intimidad de los hogares, las deshabitadas túnicas reposan esperando la mano de nieve que sabe plancharlas. Los acericos, malheridos, velan ahora el merecido descanso de las agujas. Todas las puntadas están dadas. El aire de Sevilla se ha afinado para bemoles y sostenidos. Pronto brotará esa luz que ilumine el pentagrama, y habrá llegado la hora: despertaremos del largo sueño para vivir la Semana.

Ya está el incienso en navetas; los incensarios lo aguardan para encenderlo contigo y prenderlo con tus ganas de, atravesando la bulla de su niebla, encontrarte de frente con la turbadora estampa de un Amor supremo que nos grita con tan solo una mirada: "No importa el cansancio ni el dolor de la caída; mientras así nos lo manden, hay que volver a levantarse".

Casi es la hora. No hay quien detenga el reloj. A lo lejos, se impacientan los balbucientes tambores. Un quejido anticipado se escapa de alguna garganta y delata a las saetas, silenciadas en profundos recovecos, esperando la herida definitiva que las libere; por qué en esta ciudad habrá entrañas destinadas a rasgarse eternamente sin piedad de cicatrices…

Ya están puestas nuestras almas para buscar en las calles -que tantos siglos se callan- esa luz que, tras de sí, traerá el cortejo de los días que forman esa Semana por la que todas las demás existen.

Pasados los días, cuajadas las noches, cerrados los cielos de marzo… Ya no queda tiempo para seguir esperando. ¡Sevillanos, a la calle! Que rompe el alba el horizonte con su blancura de plata. Ahora sí. No hay más guía que esa luz que contagia a la mañana, porque hasta el cielo querrá colarse en su palio para mirarla a la cara y leer de cerca sus labios susurrando: “No te vayas que, aun viniendo tras de mí Salud, Caridad, Esperanza…, también vendrán Soledad, Angustias, Tristezas, Lágrimas… y, ante ellas, yo no quiero que falte Paz en tu alma”.

Ya está aquí para guiarnos la primera que nos hiere pues, junto a su anunciada calma, nos trae también la batalla de emociones que se agolpan en el pecho, rivalidad de recuerdos coleccionados que nos lastiman un año más por conmovernos. Vuelve el albor a sacudir los cinco sentidos: hasta tacto tendrá la pureza de esta Madre, el mismo que la mano infantil que se aferra a la nuestra en su primera Semana Santa. Ya está en marcha lo que tanto esperábamos; cuando aún no se nos ocurre acordarnos del final, viene Ella con su mirada repleta de amaneceres que no quieren atardecer.

Se acabó la espera. Despierta, Sevilla niña, que ya es Domingo de Ramos. No hay tiempo para más sueños, ni recuerdos, ni nostalgias. El plazo se ha consumado. Que lo grite la Giralda: ¡Porvenir, abre la puerta que la Paz está alumbrando! Ya en la calle hay una Luz que está tendiendo la mano...

4 de abril de 2011

Devociones de cal y olivo

Cuando en Sevilla el azahar nos saluda, a escasas jornadas de que se alce la voz del pregonero y los días de la Pasión nos lleven a la Gloria, no dejo de acordarme de mis raíces. Ayer le enseñaba a Enrique los titulares principales de la Semana Santa de mi Morón de la Frontera; veíamos vídeos de la Madrugá cofrade en la que crecí, del Domingo de Ramos que tantos años despertó mi ilusión, del Crucificado que me emocionaba de niña, de la Dolorosa que guarda el secreto de mis plegarias infantiles... y pensaba en esas cofradías que raramente volveré a ver en la calle. Qué duda cabe que Sevilla lo eclipsa todo. En los años que llevo viviendo aquí la Semana Grande, he comprendido que ya no podría sentirme igual en otra parte.

Yo no estaré allí; pero llegará el Domingo de Ramos y se abrirán las puertas de los Salesianos a una mañana que siempre llama con palmas y niños hebreos deseosos de estrenar la Semana.
Después caerá la tarde y Morón será Cautivo en la Paz de otro Domingo de Ramos consumido.



Vendrá el Lunes Santo para iniciar el Calvario que queda a Merced del Mayor Dolor que nos espera.


Otro día más y el silencio envolverá a la Buena Muerte, dejando un sabor a Amargura...


El Miércoles, una oración entre olivos volará del Montesión de San Francisco al corazón de Loreto.


Llegará el Jueves y casi casi habrá muerto la Semana, pero aún encontrarán los moroneros en su Expiración la Esperanza.



Horas más tarde, Jesús será Nazareno en la Madrugá de la Fuensanta, con Morón de cirineo.



El Viernes se cumplirá el rito del Santo Entierro.



Y, el Sábado, Morón se quedará solo con su Soledad...


Un año más pasará. Yo no estaré allí. Calle Padre Galán, Carrera, San Miguel, Morenas, Corredera, Pozo Nuevo, Ayuntamiento. Yo no os veré; pero Morón volverá a vivir su Semana Santa, entre calles de cal y cuestas, allá en la Sierra Sur.

20 de marzo de 2011

El beso de la Victoria

La primera vez que te vi, confieso que no lo hice. No me detuve a mirarte. Iba con prisa buscando otras imágenes. Me dejaba llevar por un cicerone dispuesto a hacerme disfrutar de mi primer Jueves Santo en una Sevilla a la que yo apenas conocía. Te vi pasar a lo lejos, avanzando entre la gente. Y no me detuve a verte. Lo confieso. Ni siquiera sabía tu nombre.

Pero, a veces, la vida nos da una segunda oportunidad para enmendar los renglones torcidos que escribimos. Así, pasado el tiempo, queriendo conocer cada rincón del alma de esta ciudad que me acoge, una tarde de domingo me llevaron ante ti para besar tu mano. Y fue entonces cuando te vi. Y fue entonces cuando ocurrió. Me venciste, Victoria. En el primer segundo me sometiste para siempre. No es por casualidad ese nombre tuyo. Ahora lo sé. Victoria, me venció tu serena tristeza, tu sollozo suspendido en el tiempo, el temblor congelado de tu labio, el tibio llanto que te ahoga, tu bello dolor inenarrable, tu cara de niña buena. ¡Quién podía imaginar que en esa inhóspita capilla reinaras como una rosa en el desierto! Sólo tú me bastaste para herirme; que no te hacen falta flores, ni música, ni palio, ni perfumes, ni templo, ni corona, ni Sevilla, pues tú sola eres Victoria.

Besé tu mano, envuelta en tu callado llorar sin fuerzas y, al separar de ti mis labios, ya sólo quería ser peana bajo tus pies. Esa derrota de tu mirada que me venció para siempre la llevo hoy grabada entre las sienes. Algo en tu cara me dice que, si levantases la vista, en la niña de tus ojos brillaría mi Esperanza. Ahora ya sólo pienso en qué será de mí, qué otra derrota me espera cuando este Jueves Santo te vea caminando sobre Sevilla, con tus pies de amor y entrega, cuando de frente encuentre tu soberana presencia, nos anochezca juntas y la blanca cera se agote mientras tu llanto no cesa.

Vencida estoy. Lo confieso. Sólo un segundo ante ti, frente a frente, tu mano bajo mis labios y el dolor hecho belleza bastaron para vencerme. Aún no sé si llamarme sevillana, pero un segundo de Victoria me convirtió en cigarrera.