28 de abril de 2011

Los desterrados

Sevilla ya ha cambiado de tercio. Adiós capirotes e incienso. Llegan volantes y lunares mientras sigo convaleciente de la que iba a ser, un año más, la Semana Grande.

Ya duele el azahar en la memoria.
Cómo lastima
la luz aquella.

Ahora,
un incensario de plata - péndulo de plata
del reloj de mi tiempo- estará dando
mi pena en un punto en aquel sitio.

Duele el incienso, duéleme en el alma
la lenta cera ardida, oigo el ruido
de los pies que sisean bajo el paso
en el silencio de la madrugada,
como llamando, ¿a quién?, como llamándome.

Regresando estará la luz ahora
a la ciudad que es suya, a su costumbre
de ser azul y cielo y siempre mía,
y avanza a paso largo la memoria
de regreso a su casa.

Es cruel el destierro. Cae de bruces
sobre la dolorosa dicha aquella.

Intentar levantarlo
es más cruel aún. Quiere estar solo,
entre dos luces, por aquella calle.

Donde nací una vez moriré siempre.

Releyendo la "Madrugada del destierro" de Rafael Montesinos, he sentido como nunca el significado de sus palabras; porque esta vez todos hemos sido desterrados, a fuerza de lluvia, de esa Gloria que habíamos esperado habitar por unos días. La tierra prometida se presentaba estéril a los hijos de Hispalis que, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, no reconocían la ciudad de sus recuerdos. Era el día esperado, la hora marcada, el lugar indicado, y nada era lo que debía ser. ¿Dónde estaba el incienso, la cera, el cortejo, la bulla, el silencio, la música, sus ojos, sus manos? Pasaba un día, otro y otro... y sólo la lluvia acudía a la cita. Sufríamos el dolor del exilio en una patria que se parecía pero estaba muy lejos de ser la nuestra. Ahora sé cómo duele el azahar en la memoria...

11 de abril de 2011

Luz de guía

Ya están las calles puestas. El asfalto yerto lleva días presintiendo el inminente ardor de la cera con el que tantas madrugadas ha soñado. Un aroma familiar se adormece sobre la ciudad como presagio de los prodigios que, habiendo acontecido ya, están a punto de recomenzar. En la intimidad de los hogares, las deshabitadas túnicas reposan esperando la mano de nieve que sabe plancharlas. Los acericos, malheridos, velan ahora el merecido descanso de las agujas. Todas las puntadas están dadas. El aire de Sevilla se ha afinado para bemoles y sostenidos. Pronto brotará esa luz que ilumine el pentagrama, y habrá llegado la hora: despertaremos del largo sueño para vivir la Semana.

Ya está el incienso en navetas; los incensarios lo aguardan para encenderlo contigo y prenderlo con tus ganas de, atravesando la bulla de su niebla, encontrarte de frente con la turbadora estampa de un Amor supremo que nos grita con tan solo una mirada: "No importa el cansancio ni el dolor de la caída; mientras así nos lo manden, hay que volver a levantarse".

Casi es la hora. No hay quien detenga el reloj. A lo lejos, se impacientan los balbucientes tambores. Un quejido anticipado se escapa de alguna garganta y delata a las saetas, silenciadas en profundos recovecos, esperando la herida definitiva que las libere; por qué en esta ciudad habrá entrañas destinadas a rasgarse eternamente sin piedad de cicatrices…

Ya están puestas nuestras almas para buscar en las calles -que tantos siglos se callan- esa luz que, tras de sí, traerá el cortejo de los días que forman esa Semana por la que todas las demás existen.

Pasados los días, cuajadas las noches, cerrados los cielos de marzo… Ya no queda tiempo para seguir esperando. ¡Sevillanos, a la calle! Que rompe el alba el horizonte con su blancura de plata. Ahora sí. No hay más guía que esa luz que contagia a la mañana, porque hasta el cielo querrá colarse en su palio para mirarla a la cara y leer de cerca sus labios susurrando: “No te vayas que, aun viniendo tras de mí Salud, Caridad, Esperanza…, también vendrán Soledad, Angustias, Tristezas, Lágrimas… y, ante ellas, yo no quiero que falte Paz en tu alma”.

Ya está aquí para guiarnos la primera que nos hiere pues, junto a su anunciada calma, nos trae también la batalla de emociones que se agolpan en el pecho, rivalidad de recuerdos coleccionados que nos lastiman un año más por conmovernos. Vuelve el albor a sacudir los cinco sentidos: hasta tacto tendrá la pureza de esta Madre, el mismo que la mano infantil que se aferra a la nuestra en su primera Semana Santa. Ya está en marcha lo que tanto esperábamos; cuando aún no se nos ocurre acordarnos del final, viene Ella con su mirada repleta de amaneceres que no quieren atardecer.

Se acabó la espera. Despierta, Sevilla niña, que ya es Domingo de Ramos. No hay tiempo para más sueños, ni recuerdos, ni nostalgias. El plazo se ha consumado. Que lo grite la Giralda: ¡Porvenir, abre la puerta que la Paz está alumbrando! Ya en la calle hay una Luz que está tendiendo la mano...

4 de abril de 2011

Devociones de cal y olivo

Cuando en Sevilla el azahar nos saluda, a escasas jornadas de que se alce la voz del pregonero y los días de la Pasión nos lleven a la Gloria, no dejo de acordarme de mis raíces. Ayer le enseñaba a Enrique los titulares principales de la Semana Santa de mi Morón de la Frontera; veíamos vídeos de la Madrugá cofrade en la que crecí, del Domingo de Ramos que tantos años despertó mi ilusión, del Crucificado que me emocionaba de niña, de la Dolorosa que guarda el secreto de mis plegarias infantiles... y pensaba en esas cofradías que raramente volveré a ver en la calle. Qué duda cabe que Sevilla lo eclipsa todo. En los años que llevo viviendo aquí la Semana Grande, he comprendido que ya no podría sentirme igual en otra parte.

Yo no estaré allí; pero llegará el Domingo de Ramos y se abrirán las puertas de los Salesianos a una mañana que siempre llama con palmas y niños hebreos deseosos de estrenar la Semana.
Después caerá la tarde y Morón será Cautivo en la Paz de otro Domingo de Ramos consumido.



Vendrá el Lunes Santo para iniciar el Calvario que queda a Merced del Mayor Dolor que nos espera.


Otro día más y el silencio envolverá a la Buena Muerte, dejando un sabor a Amargura...


El Miércoles, una oración entre olivos volará del Montesión de San Francisco al corazón de Loreto.


Llegará el Jueves y casi casi habrá muerto la Semana, pero aún encontrarán los moroneros en su Expiración la Esperanza.



Horas más tarde, Jesús será Nazareno en la Madrugá de la Fuensanta, con Morón de cirineo.



El Viernes se cumplirá el rito del Santo Entierro.



Y, el Sábado, Morón se quedará solo con su Soledad...


Un año más pasará. Yo no estaré allí. Calle Padre Galán, Carrera, San Miguel, Morenas, Corredera, Pozo Nuevo, Ayuntamiento. Yo no os veré; pero Morón volverá a vivir su Semana Santa, entre calles de cal y cuestas, allá en la Sierra Sur.